CHARLY



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Entre que era joven, con ese entusiasmo intenso por todas las cosas típico de la juventud, y que me enamoré y entonces todo lo que él me proponía me gustaba.

 Entre que todos los lugares y las personas  y las actividades que me mostraba me parecían maravillosos, porque estaba con él, y que ya casados quise ser una esposa aplicada cocinando lo que más le gustaba y atendiéndolo a veces servilmente.

 Entre que a él empezaron a no gustarle mis amigos y mis seres queridos, mi trabajo y mis libros, mi música y mi aspecto.

Entre que llegaron las hijas y sus necesidades y su bienestar fueron mi prioridad, y los horarios, las salidas, las visitas y los gastos  los decidía en función de ellas.

 Entre que mi necesidad de ser apreciada o de lucirme en algo fue calificada de egoísmo y que mi esfuerzo para hacer cualquier tarea sin ayuda, en signo de soberbia.

Entre que fui renunciando de a poco a cada uno de las cosas que me convertían en quien había sido, me olvidé cuales eran mis anhelos, deseos y formas de disfrutar la vida en las pequeñas y en las grandes cosas...

Olvidé si me gustaba o no el mar, que comidas prefería, que me gustaba leer, que lugar elegiría para vivir,  que música disfrutaba escuchar, si me gustaba el campo o la ciudad.

Un día recordé que hace mucho, cuando limpiaba la casa, escuchaba música y bailaba. Bailar ahora me cuesta un poco, por mi dolor de espalda.

 Y puse  a Charly, despacito,  mientras barría y pasaba el trapo!  Y bailé. Y canté.

De repente el fin y el principio comenzaron. 

 Y un día volví a poner a Charly ,  me senté tranquilamente a escucharlo, con los ojos cerrados, a todo volumen. Entonces descubrí que yo todavía estaba, que seguía siendo yo. 
Que genio Charly...

 

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