VOTACION

Mañana estamos todas. La pequeña viene del centro y la mayor tiene que estar allá mismo a las dos de la tarde porque trabaja. Las tres tenemos que votar y anuncian que siguen las tormentas. Hace dos días que llueve y el agua ganó las calles, las veredas y los ánimos. No sería la primer vez que no pueda sacar el auto por el agua, pero un domingo de votaciones sería especialmente complicado. Mis antiguas convicciones aconsejan organizarse.   A qué hora llegas tú, a qué hora se va ella, cuándo debo salir yo,  quién vota primero, juntas o separadas, donde nos encontramos. Todas incógnitas que deberé develar a su debido tiempo, a medida que las circunstancias lo ordenen, dejándome llevar por mis impulsos, los de las chicas  y por la suerte. En esta, mi época, lo que se impone es improvisar, intentar,  cambiar de idea de repente, sorprender al resto de los implicados. Jugar tus cartas, esperar a que los demás muestren las suyas y rogar que nadie se vaya al mazo, desmoronando todo proyecto colectivo. El individualismo reina. Pero pretendo adaptarme a ésta, mi época.
Admito que tan abundantes  incertidumbres llenaron de adrenalina mi tarde, cosa que parecería deseable. A medida que avanzan los años, las horas se tornan largas y aburridas, los días se parecen casi todos y son un embole de tan predecibles. Saber que mañana me voy a despertar sin saber adónde, cuando, cómo y con quien iré a votar, al final no parece tan grave y hasta tiene un aire de aventura.


Me senté a escribir una protesta, con el tono censor de los viejos resentidos, con la pretensión de levantar las  banderas del orden, el respeto y la responsabilidad. Bastaron siete renglones para dejarme cómodamente instalada en mi tiempo, éste tiempo,  el que me tocó para vivir mis días de envejecer. Vamos bien: Tengo ganas de que llegue mañana y todavía no soy una vieja chota.

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