Y ÉL PREGUNTÓ...


Y él preguntó: ¿Cocina Usted.?

Pensé y le dije: Solo cocino por amor. No cocino porque me guste la cocina. No le dedico más de 20 minutos. Pero si  aquellos a quienes amo esperan eso de mí, trato de inventar algo. Generalmente me dejo llevar por la estética. Armo el plato para cada uno con colores y formas, como un cuadro. Un huevo duro abierto o los granos de choclo amarillo combinan muy bien con un buen tomate. Si le agrego algo verde y una rebanada de pan con queso, ya está!  La versión no vegetariana puede incluir rollitos de jamón o una milanesa dorada, como mis ojos. (hay que seducir, nunca se sabe…).  Si agrego unos dibujitos de mayonesa o ketchup, ya tengo la versión "de luxe".
Hoy serviré ravioles, es decir pondré agua a calentar y lanzaré los ravioles adentro. Esperaré hasta que estén blandos.  Los sirvo, los chorreo de crema caliente, los tapo de queso rallado y... le pongo en el medio una ramita de perejil o una aceituna que el comensal  pondrá a un costado con una sonrisa de simpatía; pero ese detalle, símbolo de dedicación y cariño minimizará el hecho de que cociné en 15 minutos.  También me liberará de culpa.
Si estoy enojada, todo cambia. Los ravioles crudos o muy cocidos, los pesco con la espumadera porque es más fácil, conservarán  un poco de agua. La crema quedará aguachenta y el queso se ahogará. Y ni una ramita de adorno para disimular. Que se note que no tenía ganas!
Hace mucho fui buena cocinera, pero una desilusión, lo lamento,  me rebanó el gorro de chef.
Tal vez alguien, algún día… me encuentre el gorro.

 Y él afirmó: Me gustará su casa, si es verdad que es de campo...
Le gustará. La verdad no es de campo, pero le gustará. No es como a usted le gustan, con tejas y tirantes de madera dura y piso de baldosas rojas y paredes blancas bolseadas y ventanas de incienso  medio punto y puertas también. Yo construí una casa como las que a usted le gustan, una vez. Puse ladrillos, pegué baldosas coloniales con junta tomada. Fui  feliz allí y luego fui  infeliz. La casa y la felicidad no eran lo mismo como yo creía, entonces tuve que perderla. Aprendí que podía construir un hogar en cualquier lado.
Así  que mi casa es como a usted le gustan: un hogar. No quise maderas, ni baldosas rojas, ni cortinas de cuadritos. Es amarillo suave, como un helado de vainilla con crema, plantada en medio de un gran rectángulo verde. Todo lo que veo desde las ventanas es verde. Y los sonidos que se escuchan... Cantos de grillos y ranas, aullidos perrunos, aleteos de pájaros y de hojas cayendo. De vez en cuando escucho ecos del tren o de autos que parecen  tan lejanos que refuerzan la sensación de paz. Y las mañanas en mi mesa están bañadas de sol.
 Soy afortunada; me di cuenta mientras releía para corregir las faltas ortográficas. Espero recordarlo mañana.

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