Sorprendentes Consecuencias de la Lectura






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       El sol tibio me dice que el invierno comenzó su despedida. Es una tarde perfecta para comenzar el libro que Adriana me dio, así que acomodé el sillón bajo el árbol sin hojas y recorrí la primera oración. Entonces la vi sobre las letras. Una esferita negra que brillaba como si fuese de vidrio, solo que se movía decidida y en línea recta hacia el borde superior de la hoja, pasando sobre el título aparentemente sin leerlo. Era bastante más chica que el círculo interior de la “O” y apenas más grande que el punto de la “I” pero caminaba  lenta y decidida.

     Saber que haría cuando llegase al borde de la página se volvió toda una intriga para la quietud de mi tarde. Se detuvo exactamente en el borde, y parecía mirar hacia el precipicio de pasto que se extendía allá abajo, hasta dónde alcanzaban sus ojitos. En realidad no estoy segura hacia donde miraba y tampoco si tenía ojitos.

      La bolita se veía preciosa reflejando los rayos de luz. Esperó tranquilamente varios segundos o quizá un minuto, indiferente a mi inquietud, porque a esta altura de media página de largo yo había desarrollado una especie de empatía, deseando que el episodio termine bien y la bolita no cometiera un error fatal. 

    Pero empezó a caminar exactamente por el filo de la hoja, en una actitud suicida totalmente innecesaria. A ella le parecería divertido o tal vez era joven e inconsciente, pero a mí me hizo fruncir la nariz con temor. Paraba y seguía unos centímetros y en un colmo de audacia, giró sobre sí misma y volvió sobre sus pasos con agilidad.

   Se detuvo una vez más, dos… tres segundos y ante mi sorpresa, extendió cuatro alitas transparentes y voló como si tal cosa, dejándome una sonrisa y como media docena de moralejas inútiles y algunas que podría aplicar en esta linda vida que Dios me dio.

      Queda confirmado: La lectura es una costumbre que alimenta el alma.

 

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